No hay paisaje, solo campo
Perejaume

La obra de Perejaume (1957) es de una complejidad sin igual, no solo en el rico repertorio de medios que utiliza, sino, sobre todo, en el plano conceptual. Pero su eje común es la «recuperación de la materialidad histórica y ancestral de los lugares». Frente a los discursos universalistas del Arte y frente a la percepción visual codificada por la tradición, su afán es restituir la experiencia vivida en cada palmo de tierra. «No hay paisaje, solo campo», suele decir. Y, por tanto, cuando Perejaume planta un marco sobre una colina, tapiza una ladera con pinturas clásicas, coloca en el desierto un patio de butacas o planta un postalero en medio del bosque está ironizando y denunciando nuestra tendencia a «musealizar» el paisaje y a verlo embellecidamente, en una contemplación pintoresca, representativa, «enmarcada».

Su mundo imaginario es el mundo de un resistente: pone contra las cuerdas nuestra mirada convencional, pensada desde la visualidad y el confort, que él ve como una falsedad, como una domesticación. Y a cambio defiende la imperiosa obligación de establecer un contacto propio con la naturaleza, por mucho que esta se nos oculte: «Existe una parte considerable de vida oculta que vive de ocultarse».

Perejaume

Perejaume, Delta del Ebro (Butacas del Palau de la Música), 1989

OTRAS OBRAS DE Perejaume

Perejaume, Exhibidor de postales (Espejos), 1984

Perejaume, Exhibidor de postales (Espejos), 1984

Perejaume, Cima de Catiu d'Or, 1988

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Todas las formas de decir paisaje

1975–2025

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